El paraíso, el espacio exterior

El paraíso, el espacio exterior.

Así se llamaba un poema de Mariano Blatt. Un conjunto de versos sobre las cosas simples de la vida. Lanchas, colectivos, partidos de fútbol y el cielo. Los detalles que se nos pasan en la cotidianeidad y se entremezclan con el paisaje. Los que hacen que valga la pena vivir.

Me pregunto si Mariano Blatt querría vivir como vivimos ahora. Sin una lancha, sin colectivos, sin partidos de fútbol y sin cielo. En el paraíso, el espacio exterior.

Siempre me pongo pesimista con esto. Me quedo mirando a la nada, pensando en cosas que mis ojos nunca vieron. Extraño el mar y el cielo, extraño los colectivos y las lanchas. Todavía no entiendo bien qué es un subte, pero también lo extraño.

Me pregunto si habrá un nombre para una nostalgia de cosas que uno nunca vivió. Lo busqué en la biblioteca digital, y no encontré nada. Pero encontré a Mariano Blatt. También encontré a Tolkien, Borges y Saramago. Todos autores de fantasía, acá en el paraíso.

Pasamos del estoicismo de Zenón, al utilitarismo de Mill, al hedonismo de Aristipo. Del propósito, al bien común, al placer individual. Todo en servicio del paraíso. Todo por existir.

Marco Aurelio escribía sobre no temerle a la muerte, y Tolkien sobre el coraje para hacer lo que hay que hacer. Bruce Willis no escribía, pero murió salvando al mundo de un asteroide. Yo escribo sobre todas esas cosas, bajo la mirada nihilista de Sartre. Pero el que tenía razón era Séneca: El bien supremo es inmortal, pero el placer muere al final.

Otra revolución del tambor, otro día de existencia. Otro pársec recorrido por la nave Paraíso, cruzando el espacio con lo último de la humanidad. Lo último que queda de nosotros. ¿En esto nos convertimos? Existimos. Sobrevivimos. Perpetuamos la especie, evitamos la extinción.

Y nada más que eso.

¿Qué nos queda de humanos, si perdimos todo lo de Blatt? ¿Para qué seguimos?


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