El Sombrero
El viento aullaba y sacudía las ventanas lleno de furia, tan fuerte que no sé para qué seguían tocando el piano en el fondo, si apenas se lo escuchaba. Algunas parejas se abrazaban para calmar un poco el miedo, algunos solteros escondían el miedo detrás de un semblante de macho, y otros detrás de un vaso de whisky. Yo me abrazaba al whisky.
El bar, de buen tamaño para el pueblo pero modesto para cualquier estándar citadino, estaba atestado de turistas. Supongo que todos estaban igual que yo, de paso por el pueblo por el fin de semana, disfrutando del lugar más opuesto a la ciudad que encontramos.
Escaparle al ritmo urbano es fácil, pero se ve que escaparle al alcohol no tanto. Estábamos todos en proceso de afirmar que la sobriedad no existe, cuando entró por la puerta entreabierta una corriente de aire que nos despeinó un poco. Enseguida el barman salió corriendo hacia la puerta. Dejó entrar a una pareja vestida también de turista, y cerró con llave.
Lo de echarle llave me pareció un poco extremo, pero cuando se empezaron a sacudir las ventanas no me animé a descartar que ese vendaval pudiera mover un picaporte. Todos en el bar estábamos asustados, muy asustados, o muertos de miedo. Los únicos tranquilos eran el barman, el pianista (que no sé si se enteró de algo, parecía en trance) y tres viejos que charlaban animadamente en una mesa en la esquina. En medio de mi miedo y mis nervios traté de llamar al barman para pedirle otro whisky, pero estaba ocupado tranquilizando a una señora que se había puesto pálida. Así que, sin nada que tomar ni una mejor idea para calmarme, enfilé hacia la mesa de los viejos.
Apenas me vieron acercarme acomodaron una silla y me hicieron señas de que me sume. Les había fallado un amigo ese día, así que les faltaba uno para jugar una escoba de a cuatro. Los tres me sonrieron amigablemente, pero apenas repartieron las cartas el semblante se les transformó en una faceta de concentración y competitividad. Charlamos bastante poco. La mayoría de las interacciones fueron señas de quién tenía un siete, y cuando uno alzó 14 en vez de 15 pensé que se iban a las manos.
En medio del alboroto del bar se escucharon tres golpes fuertes, más o menos en dirección a la puerta. Asumí que era el viento, que ya había golpeado tres y mil veces las ventanas, y tiré un cinco en la mesa. Pero los viejos se quedaron mirando fijamente a la puerta, como esperando algo. Enseguida se escucharon otra vez tres golpes, ahora más claros que antes. El barman salió corriendo hacia la puerta y la abrió enseguida, e hizo pasar a una persona.
Era un hombre de pelo gris oscuro, con ropa un poco gastada y en la cabeza un sombrero de paja de ala ancha, como esos que les ponen a los espantapájaros en las películas yankees. Lo primero que pensé fue en cómo no se le voló el sombrero.
Después de saludar con un abrazo al barman, el hombre encaró hacia nuestra mesa. Los viejos me hicieron señas de que nos abriéramos un poquito para dejarle un lugar, y el recién llegado acercó una silla y se sentó con nosotros.
Al principio ninguno dijo nada, sólo se miraron, hasta que el extraño les sonrió, y se empezó a reir a carcajadas. De repente todos en la mesa nos estábamos riendo, yo sin entender bien por qué, pero compartiendo la alegría.
Me presenté como Rubén, de Córdoba, y el extraño me dio la mano. Me dirigió una sonrisa y me dijo que era un gusto conocerme. Me quedé esperando a que se presentara, pero no hizo ademán, ni tampoco me lo presentaron los viejos. Se abocaron directamente a la charla, un poco sobre las últimas cosas que habían pasado en el pueblo, un poco sobre viejas historias. Se notaba que eran viejos amigos. Pensé que en medio de ese encuentro yo iba a quedar un poco de lado, pero lejos de excluirme, cada vez que mencionaban algo muy específico se detenían a explicarme el contexto.
Así aprendí sobre la vez que un chico se escondió a fumar cerca de una pila de hojas secas y terminó prendiendo fuego la escuela, sobre cuando el viento tiró un poste de luz de la plaza y estuvo ahí tirado 6 años (todavía le dicen "la zona oscura" a ese rincón de la plaza), sobre el locro para todo el pueblo que intentaron hacer Doña Mirta y Don Eusebio, el éxito que tuvo la idea y que como no alcanzó tuvieron que armar sanguches de queso para los que se quedaron sin comer, y muchas otras historias del pueblo. Aprendí del pueblo y aprendí de los viejos, pero después de un par de horas todavía no sabía nada acerca del extraño.
Nos estábamos riendo con la historia sobre la vez que el perro de Don Tito se robó una bandeja entera de empanadas de la ventana de Doña Flora. De repente el extraño se puso de pie y dijo que se tenía que ir enseguida. El viento parecía haberse calmado un poco, pero cada tanto una ráfaga sacudía la puerta y las ventanas con la misma vehemencia que antes, aunque con menos frecuencia. Le pregunté al extraño por qué no se quedaba un poquito más, que el viento estaba amainando y seguramente iba a parar pronto. Me dijo que no funcionaba así la cosa. Pero me prometió que en mi próxima visita al pueblo me iba a venir a ver.
El barman le dijo unas palabras y le abrió la puerta para que saliera. El extraño le sonrió, lo abrazó, esperó un momento o dos, y se aventuró fuera del bar justo cuando soplaba una ráfaga fuerte. Los viejos y yo nos quedamos mirando un rato la puerta, ellos con alegría y nostalgia, yo confundido.
Sacaron de nuevo las cartas para cerrar el partido, que venía muy peleado. Pero antes que nos pudiéramos perder en el juego les pregunté todo lo que hace rato quería preguntar del extraño: cómo se llamaba, quién era, dónde vivía, cómo se habían conocido, qué historias habían vivido juntos. Más que nada les pregunté por qué no se había quedado, al menos hasta que amainara la tormenta.
"¿No viste el sombrero?" me preguntaron.
"Sí. ¿Qué tiene que ver?"
"¿No te parece que se le tendría que haber volado?"
"Sí, eso pensé cuando entró. Lo tendrá bien atado, supongo. ¿Qué tiene que ver?"
"Todo tiene que ver. Si volvés de visita al pueblo y te agarra otra tormenta de viento, te va a venir a ver. Te lo prometió. Se nota que le caíste bien. Cuando lo veas de nuevo, preguntale tranquilo, te va a responder."
Insistí, pero me repitieron que le preguntara directamente, la próxima. Seguimos jugando a la escoba. Íbamos ganando 26 a 24, y me acababan de dejar el 7 de oro en la mesa.
Cuando paró el viento me despedí de los viejos y fui a la terminal de ómnibus. Era domingo ya, y al día siguiente había que trabajar. Por suerte no había ido en el auto, porque con los whiskies y whiskeys del bar habría sido ilegal y peligroso manejar.
Iba cruzando la plaza frente a la terminal cuando una ráfaga de viento, último resabio de la tormenta de hace un rato, me golpeó en la cara con un papel. Estaba a punto de tirarlo y seguir, pero vi que tenía algo escrito y me llamó la atención. Decía:
Va con el viento,
Vuela con el sombrero,
Donde el viento va.
Comments
Post a Comment