Planta
Mi historia comienza cuando compré mi primera planta. Bueno, comienza un poco antes, pero lo que pasó antes es justamente lo que estoy tratando de olvidar. Para eso fui a comprar la planta.
Debo admitir que nunca entendí por qué la gente tiene plantas. Son lindas de ver, pero no hacen nada: No se mueven, no interactúan, no hacen nada divertido, sólo hay que echarles un poco de agua cada tanto y listo, como una piedra que hay que mojarla. Tampoco hay apego emocional, si se muere la planta te comprás otra igual y nunca vas a notar la diferencia. Quizá por eso mi terapeuta me indicó que me comprara una planta.
La verdad que si el vivero me quedaba lejos no hubiese ido, pero por suerte tengo uno acá a tres cuadras. Todavía sigo sin entender cómo subsisten los viveros. Entiendo que las plantas se fabrican gratis a partir de otras plantas, así que los costos deben ser bastante bajos, pero no me parece que la gente compre tantas plantas como para que tengan muchos ingresos. Por suerte para mí todavía no se habían extinguido todos, así que fui al de acá del barrio, entré y pedí una planta. Me atendió una chica muy agradable, y me preguntó qué tipo de planta estaba buscando. Como buen boludo le contesté “no sé, una planta.”
Muy pacientemente me fue guiando, preguntándome si quería una planta de interior o de exterior, chica o grande, aromática o no, de poco o mucho cuidado. Finalmente elegí un palo de agua, porque me parecía chistosa la forma y porque, contrario a su nombre, no necesitaba mucha agua. Lo cargué en el auto junto con una maceta y una bolsa de tierra, volví a casa y me senté a trasplantarlo. Hasta ahora la sugerencia de mi terapeuta venía funcionando bastante bien, llevaba un par de horas sin pensar en ella, distraído con el asunto de la planta.
Puse la maceta en el jardín, le eché un poco de tierra como me enseñó la chica del vivero, y le saqué el envoltorio al palo de agua. Poner el palo de agua en la maceta resultó bastante más difícil de lo que parecía, porque hay que hacerlo sin que se rompa mucho el terrón de tierra que viene con la planta, y no tiene que quedar muy torcida. Al final, sosteniéndolo con una mano y agregando tierra de a poquito con la otra, logré que quede bastante derecho. Completé con tierra la maceta, y decidí que ya estaba lista mi planta.
Ahora a esperar que crezca. Fui al living, puse una película en Netflix y me eché en el sillón a esperar. Momento, ¡me olvidé de regar la planta! Fui corriendo a buscar agua y le eché un poco. ¿Era muy poco? ¿Era demasiado? Ok, quizá no es tan sencillo como parece esto de la planta.
Ahora sí, con la planta regada, sólo quedaba esperar a que crezca. Seguí viendo la película, una comedia romántica con esa actriz rubia que nunca me acuerdo cómo se llama pero que se parece a ella. Otra vez me acordé de ella. Sí, claro, tenía que haber una ella en el asunto. Había una ella, hasta que ya no hubo más. Nos conocimos en invierno, salimos… ¡No, momento, si justamente para olvidarme de ella era todo este asunto de la planta!
La planta no era un remedio infalible, pero durante un rato ayudó bastante. Además quedaba linda en la esquina de la escalera. Así que pensé que tal vez otra planta podría ayudar un poco más. “¿Qué te olvidaste?” me preguntó la chica del vivero cuando me vio entrar por segunda vez en el mismo día. “Nada," le dije, "vengo a comprar otra planta.”
Esta vez elegí algo para el jardín, una bien aromática. Una lavanda, como las del aceite con aroma a lavanda. Siempre me gustó el aroma a lavanda. Me pregunto si con mi propia lavanda podré hacer aceite, o si será muy difícil. Lo bueno es que si la pongo en el jardín no necesito maceta, pero para cavar el pozo necesito una pala. Así que pagué todo y partí de vuelta a casa, contento sintiendo el aroma de mi nueva planta.
Así se me pasó una semana, comprando una o dos plantas por día, trasplantándolas a sus macetas o a la tierra del jardín y esperando a que crezcan. En todo ese tiempo no pensé ni un minuto en los tres meses en los que salimos, ni en el “te amo”, ni en nada de lo que siguió. Éramos solamente yo y mis plantas, y cada día por lo menos una nueva planta.
El problema de este nuevo hobby es que las plantas son bastante caras. Nunca había comprendido qué tan caras pueden ser hasta que se me ocurrió comprar dos por día. En un intento de salvar mi economía sin abandonar las plantas, empecé a probar sacar brotes de algunas de mis plantas y plantarlos en otro lugar. Algunos prendían bien, pero iba a tener muchas plantas repetidas, así que salí a recorrer el barrio buscando de qué cantero podía sacar una ramita para hacer una nueva planta.
Uno a uno los rincones de la casa se fueron llenando de macetas, y como me quedé sin lugar en el borde del césped del jardín tuve que comprar macetas también para mis plantas de exterior. Ya nos habíamos hecho bastante amigos con Carla, la chica del vivero, a quien iba a ver día por medio para comprarle macetas, un poco de tierra y por supuesto más plantas. También empecé a sacar brotes de algunas de mis plantas para regalarle a mis vecinos, que a su vez de vez en cuando me regalaban algún brote de sus plantas. En todo ese tiempo casi no pensé en ella, o en cómo me dejó dos días después de decirme que me amaba. No logré evadir del todo el recuerdo, pero casi. Y debo admitir que ya no me dolía tanto, no porque el dolor no estuviera presente, sino porque se compensaba con la sonrisa de la señora de la casa del frente o del viejito de acá a la vuelta cuando les regalaba un brote de una planta.
Me encantaría decir que me animé a invitar a salir a Carla, pero nunca tuve esa clase de coraje. Por suerte ella sí lo tuvo, y un día me preguntó si me gustaría salir a tomar algo, y que capaz le podía mostrar qué había hecho con todas las plantas que le había comprado. Fuimos a un bar, comimos una pizza de roquefort, y después fuimos a mi casa. A esa altura mi casa ya se parecía un poco al vivero donde trabajaba Carla, en cada lugar donde uno miraba encontraba al menos una planta.
Decir que vivimos felices para siempre sería un final hermoso, pero todavía estamos escribiendo esta historia. Las cosas van muy bien con Carla, pero nos estamos conociendo de a poco y queremos tomarnos nuestro tiempo para construir algo que nos guste a ambos. Nuestro amor por las plantas es un punto en común que nos lleva a disfrutar de muchas actividades juntos, y si bien falta bastante para que siquiera pensemos en vivir juntos, sé que si algún día lo hacemos vamos a tener la casa llena de plantas. Es increíble todo lo que pasó por tratar de olvidarme de una chica comprando una planta.
Comments
Post a Comment