Música
Un piano empezó a sonar, y parecía que venía de mi living. Me levanté de la cama, prendí la linterna del celular y fui a investigar. Era una melodía armoniosa con un dejo de amargura y tristeza, que en principio sonaba bella pero cada vez me desagradaba más y más. Apenas abrí la puerta del living la música se detuvo. No había nadie en el living y el piano estaba en su lugar, cubierto por la sábana que uso para que no se llene de polvo. Lo extraño es que yo había dejado la puerta del living abierta antes de acostarme.
No era la primera vez que escuchaba esa música. No ocurría todas las noches, pero de vez en cuando me despertaba. Nunca sonaba más de una vez por noche, después de que me levantaba y llegaba al living se detenía y no volvía a sonar. Siempre la misma melodía, y siempre se detenía cuando llegaba al living.
Al principio dormía con la puerta del living cerrada para que no entrara frío por la chimenea. Luego empecé a dejarla abierta en un intento de descubrir qué era esa música que cada vez me daba más curiosidad, pero siempre que bajé a investigar encontré la puerta cerrada. Intenté trabarla con una maceta para que no se cierre, y esa noche encontré la maceta corrida a un costado y la puerta de nuevo cerrada. Intenté echarle llave a la puerta abierta para que no se pudiera cerrar del todo, y la encontré apoyada contra el marco, trabada con la maceta. Intenté todo lo que se me ocurrió, excepto dormir en el living. Quise dejarlo como última alternativa.
También intenté ignorar la música, cerrar la puerta de mi habitación, dormir con tapones en los oídos, o dormir con auriculares y música. Funcionó durante un rato, pero eventualmente la música terminaba ganando. Me cautivaba lentamente con sus acordes, y nunca se detenía hasta que yo no bajara a investigar.
Un buen día me dispuse a dormir en el living, acostado en el sillón y tapado con un par de frazadas. Creo que a esta altura una persona sensata se habría deshecho del piano o se habría mudado, pero a esta altura mi curiosidad le ganaba a mi miedo, y el descubrir el origen de esa música se había convertido en una necesidad imperiosa.
Las primeras noches en el living pasaron sin eventos, más que un poco de dolor de cuerpo al día siguiente, por lo cual culpo al sillón. Varias veces estuve a punto de desistir, quise desistir, pero al final ganó la curiosidad convertida en necesidad, y seguí durmiendo en el sillón. Hasta que una noche la música me despertó.
Apenas abrí los ojos me encontré frente a frente con el piano, yo sentado en él, tocando. Con los ojos abiertos y los dedos sobre las teclas, seguí tocando, como en trance, reproduciendo la música que luego de tantas noches ya había memorizado. La amargura y la tristeza de la melodía se mezclaron con las mías propias, y quise convertir el resultado en mi propia música, pero las notas que toqué eran las mismas que había escuchado todas esas noches. Exactamente la misma melodía.
De pronto, la puerta del living se abrió.
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