El Sócrates
Todos los viernes nos juntábamos: Juan, Eric, Tito, Seba, yo, y El Sócrates. Su verdadero nombre era Max, pero todos le decían El Sócrates, así, con pronombre. Era filósofo, fanático del clasicismo (el de la filosofía clásica, nada que ver con el clasismo), y en general una persona más que interesante. Mientras algunos éramos más prácticos y otros más idealistas, El Sócrates siempre fue más dialéctico, y le gustaba analizar toda idea que se debatía, y también el debate en sí mismo.
Una noche, con varias cervezas ya encima, la charla giraba alrededor de si los actores porno son o no actores. Algunos decíamos que de una forma u otra están actuando, otros decían que no es comparable con el trabajo de un actor, y El Sócrates quería que nos replanteáramos la naturaleza de la actuación. De repente se apagaron todas las luces y la heladera dejó de hacer ruido. Al parecer era un corte de luz sólo en la casa, las luces de afuera seguían funcionando, así que decidimos seguir con la charla casi a oscuras, iluminados sólo por la luz que entraba de afuera.
Tito se levantó para ir al baño, cuando de repente notó una sombra en la pared. Parecía como si algo se moviera en el jardín cerca de la ventana, una figura indescifrable que arrojaba una sombra sin forma en la pared blanca. Tratamos de no asustarnos, nos dijimos entre nosotros que mantuviéramos la calma, y gritamos preguntando quién andaba ahí. No obtuvimos respuesta. Parecía alguna especie de animal, pero la sombra estaba tan deformada que se hacía imposible descifrar qué era. De repente apareció otra sombra al lado de la primera, como si otra figura se hubiese movido cerca de la otra ventana. No saber qué podían ser esas figuras y esas sombras nos llenaba de terror.
El Sócrates se ofreció a investigar. Le pedimos que no lo hiciera, que se quedara con nosotros, pero insistió en que era su responsabilidad dialéctica descubrir la naturaleza de aquel fenómeno. Se levantó, y con un coraje que ninguno de los demás pudo replicar, cruzó la puerta y se aventuró en el jardín iluminado por las luces de afuera, en busca de la verdad sobre aquellas sombras.
Le gritamos preguntando si estaba bien, y ante su falta de respuesta imaginamos lo peor. Los minutos pasaron y se nos hicieron eternos, y de repente El Sócrates volvió a entrar a la casa. Nos dijo que había descubierto algo maravilloso, y que teníamos que ir con él, pero cuando le preguntamos de qué se trataba no nos quiso decir más, a pesar de nuestra insistencia. Seba fue el único que se animó a ir, mientras los demás nos quedamos esperando y contemplando esas sombras tenebrosas en las paredes.
Al rato, El Sócrates volvió a entrar, sin Seba. Nos encontró discutiendo qué podría haber encontrado, considerando distintas posibilidades, cada una más horrenda que la anterior. Que Seba no haya vuelto nos preocupó aún más, pero El Sócrates se negó a explicar su ausencia. Simplemente nos invitó a descubrirlo por nosotros mismos, y la curiosidad de Eric le ganó a su miedo y se animó a ir con él.
Una vez más volvió El Sócrates, de nuevo sin Seba y ahora también sin Eric. Una vez más nos encontró imaginando los peores escenarios, y con el grupo ahora reducido en número nuestra angustia se acrecentaba. Una vez más nos invitó a dejar de imaginar y descubrir por nosotros mismos, y esta vez Juan se levantó y fue con él, a pesar de nuestra insistencia.
Así, uno a uno El Sócrates nos fue llevando hacia afuera, hasta que yo era el último que quedaba. Cuando vino por mí ya no lo cuestioné. Ya no soportaba estar encerrado con esas horrendas sombras como única compañía.
Afuera no había nada. Ni siquiera algo poco interesante como un gato, directamente no había nada. El Sócrates, en su típica dialéctica, se puso a explicarnos que las sombras habían sido sólo el reflejo de nuestro miedo, y que él nos había curado de ese miedo. Nos dijo que él había organizado todo para que viéramos el mundo del que nos estábamos perdiendo por nuestro miedo a conocer la realidad.
De inmediato lo increpamos, argumentando que quién era él para decidir sobre nuestros miedos, y para exponernos a experiencias traumáticas. Argumentamos que no estábamos para nada curados, sino enojados y traumatizados, y que todo era su culpa por no respetar nuestros procesos. No sé quién fue el que lanzó el primer golpe, pero de un momento a otro El Sócrates estaba en el suelo y todos estábamos alrededor de él, golpeándolo salvajemente. Pasaron segundos u horas, nunca lo sabremos bien, pero para cuando todos nos cansamos y nos sentamos en el suelo, El Sócrates ya no se movía desde hace un tiempo.
Trajimos una pala y nos fuimos turnando para cavar la tumba en el jardín. Permanecimos en silencio mientras cavábamos, cada uno haciendo su parte, hasta que finalmente El Sócrates quedó enterrado en el jardín.
Volvimos adentro, subimos las llaves de luz, y seguimos tomando y discutiendo. Algunos argumentaban que los actores porno no actúan, sino que es otra forma de tener sexo. Otros argumentábamos que no es sexo real, y que si nos parece creíble es porque su actuación es convincente, por lo tanto están actuando. Y nadie propuso que nos replanteáramos la naturaleza de la actuación.
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